Violencia de género y embarazo

Podríamos pensar que una mujer embarazada es un factor  protector contra la violencia de género. La idea de protección hacia el bebé que se está gestando y hacia su mamá es lo primero que se nos viene a la cabeza y podríamos creer, que tal vez una mujer que está siendo maltratada, en el momento de quedarse embarazada, va a dejar de serlo, que el maltrato va a cesar o que al menos va a reducirse, que de algún modo va a desaparecer durante el embarazo la forma de violencia física, pero la realidad es otra.

Por contra, el embarazo supone una etapa crítica (Távara-Orozco, 2007), que incrementa la vulnerabilidad de la mujer y es un momento donde además de continuar, puede incluso aumentar, y en ocasiones ser incluso el momento justo de aparición e inicio de dicha violencia, comenzando a ser franca y evidente. Diversos estudios han puesto de relieve que durante el embarazo y la maternidad la mujer experimenta un aumento de la violencia con aumento en la frecuencia y la severidad de la misma. Dicha violencia suele ser de tipo psicológica, física y sexual en donde se incluyen amenazas con dañar a la mujer y al bebé gestante. Según un estudio realizado en Londres en 2006, las mujeres que sufrían violencia de género durante el embarazo tenían una mayor sensación de inseguridad y celos por parte de su pareja.

«…Creía que tal vez iba a cambiar cuando le dijera que estaba embarazada… me empujó y me dijo que si quería podría hacerlo más fuerte para que me cayera por las escaleras… me amenazó para que abortara, yo no quería hacerlo, ahora tengo miedo, pero solo quiero que reconozca a su bebé y lo criemos felices como una familia… yo creo que en realidad sí quiere a su bebé…» (Testimonio real. Mujer Anónima).

 

Las consecuencias de la violencia de género en la salud de la mujer en general son físicas y emocionales graves que pueden derivar en la propia muerte (homicidio, suicidio); de hecho esta etapa se considera de alto riesgo por suponer un aumento de la morbimortalidad materna y perinatal.

En formas más sutiles podemos encontrarnos con una violencia que genera un deterioro funcional de la mujer con síntomas físicos inespecíficos (por ejemplo constantes cefaleas y un empeoramiento general de la salud, dolor crónico, problemas gastrointestinales), depresión, ansiedad, trastornos del sueño, estrés postraumático, trastornos sobre la conducta alimentaria, abuso de tóxicos, aislamiento social, pérdida de empleo y anulación de la propia mujer.

En cuanto a la salud sexual y reproductiva, las mujeres que sufren violencia de género tienen más dificultades para protegerse de embarazos no deseados y de enfermedades debido a la violencia ejercida mediante las relaciones sexuales forzadas. Del mismo modo, pueden ser forzadas por su pareja a interrumpir el embarazo.

La evidencia científica ha demostrado efectos directos de estos malos tratos en los bebés; en el parto prematuro, el bajo peso al nacer, y diversas restricciones de crecimiento intrauterino como consecuencias perinatales. (Marta de-García-de-Gregorio. L´Hospitalet de LLobregat, Barcelona)

Sufrir una agresión física en el abdomen o bien una agresión sexual durante el embarazo se ha asociado a daño placentario, rotura de membranas, infecciones y contracciones uterinas que pueden aumentar el riesgo de aborto espontáneo, parto prematuro, bajo peso y muerte fetal. (Ferdos et al., 2017; Laelago et al., 2017; Alhusen et al., 2015)

Además el estrés materno sufrido durante el maltrato puede agravar problemas de salud crónicos de las madres como la diabetes, la hipertensión y el asma y también causar conductas de búsqueda de reducción de la ansiedad poco saludables tales como consumo de tabaco o alcohol.

El estrés de la madre gestante puede originar sangrado vaginal, abortos espontáneos y alterar las funciones neuroendocrinas de forma que una liberación de cortisona y catecolamina pueden ser causantes de hipoxia fetal. (Ferdos et al., 2017; Laelago et al., 2017; Alhusen et al., 2015)

«…Me pegaba palizas cuando estaba embarazada… he tardado mucho tiempo en salir de esa situación, lo he hecho por mi hijo… Yo puedo soportar que me pegue, pero no soporto que le haga daño a él. Sé que le pegaba a él para hacerme daño a mi…» (Testimonio real. Mujer Anónima).

 

Los diversos estudios y pruebas muestran cómo la violencia ejercida hacia la mujer, de forma psicológica y/o física, atenta contra la propia mujer y contra el futuro bebé.

Este es un problema real  que nos atañe a todas las personas como conjunto de la sociedad y cuya sensibilización para la prevención y detección precoz puede salvar la vida de ambos; mamá y bebé, en un periodo que es especialmente vulnerable y en el que es fundamental el cuidado físico y emocional de la madre.

«…He soportado muchos años de violencia física y psicológica, pero ha sido el embarazo, el hecho de tener a éste bebé, lo que me ha dado fuerzas para dar el paso de separarme, yo no quiero que él viva estos problemas, solo quiero protegerte, por él tengo que estar más fuerte y no dar marcha atrás en mi decisión…» (Testimonio real. Mujer Anónima).

Francisco Margallo

Acrílico sobre cartón